Cuando llegó a consulta, Vero estaba agotada. Sentía que no podía más: su trabajo como coordinadora de proyectos la tenía al borde del colapso, con reuniones interminables, plazos imposibles y un jefe que esperaba disponibilidad absoluta.
En casa, la situación no era mejor: sus hijos pequeños requerían atención constante y su pareja, que trabajaba desde casa, parecía ausente. “Es como si todo recayera sobre mí”, me dijo en una de las primeras sesiones.
Incluso pensaba en separarse porque todo parecía demasiado.
Cada conversación con su pareja terminaba en una discusión: “Nunca haces nada bien”, le decía en un tono lleno de frustración, mientras él se refugiaba en el silencio o cambiaba de tema.
La idea de separarse le rondaba la cabeza, pero el miedo y la culpa la paralizaban.
A pesar de su cansancio, no quería pedir una baja en el trabajo; tenía miedo de que pensaran que no era capaz de cumplir con sus responsabilidades.
“¿Cómo voy a parar? Todo depende de mí”, repetía, como si el peso del mundo estuviera únicamente en sus hombros.
En las primeras sesiones, Vero empezó a hablar de todo lo que le pesaba, de cómo siempre cargaba con todo sin que nadie pareciera darse cuenta.
Recordó una mañana en la que, tras una noche sin dormir por un informe urgente, llegó a casa tarde porque el tráfico la había retrasado.
Al entrar, su pareja le preguntó por qué no había comprado el pan. Ese pequeño detalle fue el colmo de un agotamiento acumulado que ni ella misma sabía que tenía.
Poco a poco, fue entendiendo qué le pasaba, qué necesitaba y cómo empezar a cambiar las cosas. Aprendió a detenerse, a observar sus emociones y a identificar lo que realmente la desbordaba.
Primero, trabajamos en su comunicación con su pareja. En lugar de reproches, empezó a hablar desde lo que ella sentía: “Me siento sola cuando no tomas la iniciativa con los niños” en lugar de “Tú nunca haces nada”. Y algo cambió. Él empezó a escuchar más y,
poco a poco, a participar en las tareas de casa, como encargarse de la cena dos días a la semana o recoger a los niños.
En el trabajo, Vero empezó a poner límites. Aprendió a decir no a reuniones que no eran urgentes y a delegar ciertas tareas en su equipo. Aunque al principio le costó, se dio cuenta de que el mundo no se derrumbaba si no estaba disponible todo el tiempo.
También empezó a buscar formas de cuidarse. Volvió a practicar yoga una vez a la semana, algo que había dejado hace años, y aprendió a disfrutar de pequeñas cosas como leer en silencio mientras los niños dormían.
Con el tiempo, Vero recuperó esa sensación de alivio y control que tanto echaba de menos. Volvieron las ganas de disfrutar y esa energía que hacía tiempo había perdido.
¿Te suena la historia de Vero? Quizá hasta creas que la conoces. Vero no existe, pero su historia es la de muchas mujeres que llegan a mi consulta buscando recuperar el equilibrio, la calma y las ganas de disfrutar su vida.
